Las misiones a Marte se dividen en dos tipos: conjunción y oposición. Las misiones de conjunción incluyen una larga estancia en la superficie (300-600 días) y un viaje de ida de 150-250 días (la duración depende de la posición relativa de los planetas). Las misiones de oposición contemplan estancias cortas, de sólo 20-60 días, y tempos de viaje de 100-400 días. Los efectos de la radiación serían menores en el caso de las misiones de conjunción, ya que durante la estancia en Marte se reducirían considerablemente las dosis gracias a la masa del planeta y su tenue atmósfera.

Una nave marciana debería estar dotada de un «refugio» especial para proteger a los astronautas de los SPE. Los materiales que mejor frenan la radiación formada por protones son aquellos con elementos de bajo número atómico, como el hidrógeno. Pero nos quedan los núcleos pesados de los rayos cósmicos. Y aquí está el problema. Los núcleos pesados provenientes de los rayos cósmicos se mueven a velocidades relativistas, así que cuando chocan con la estructura metálica de una nave espacial generan una cascada de partículas secundarias, incluyendo neutrones, partículas alfa y mesones. Estas partículas secundarias constituyen una fuente de radiación adicional muy preocupante. Como resultado, en ocasiones la estructura de acero o aluminio de una nave espacial no disminuye la dosis de radiación, sino que la aumenta.

Por lo tanto, el empleo de varias capas de polietileno (hidrocarburo rico en hidrógeno) y agua se cree que es la mejor forma de proteger a los tripulantes de una nave, al menos en el caso de los SPE. Otra opción sería incluir un blindaje activo mediante campos magnéticos o electrostáticos. Sin embargo, este sistema consume mucha energía, haciendo necesario el empleo de reactores nucleares o gigantescos paneles solares. Además, tampoco ofrece una protección total contra los núcleos pesados más energéticos.

¿Cómo defendernos de la radiación?

La mejor defensa es realizar vuelos espaciales de corta duración. Esta sencilla técnica permitió limitar la dosis recibida por los astronautas de las misiones Apolo a pesar de que viajaron fuera de la protección de los cinturones de radiación. No obstante, en el caso de una misión a Marte no nos queda más remedio que lidiar con estos inconvenientes.

Una nave marciana debería estar dotada de un «refugio» especial para proteger a los astronautas de las llamaradas solares. Los materiales que mejor frenan la radiación formada por protones son aquellos con elementos de bajo número atómico, como el hidrógeno. Pero nos quedan los núcleos pesados de los rayos cósmicos. Y aquí está el problema. Los núcleos pesados provenientes de los rayos cósmicos se mueven a velocidades relativistas, así que cuando chocan con la estructura metálica de una nave espacial generan una cascada de partículas secundarias, incluyendo neutrones, partículas alfa y mesones. Estas partículas secundarias constituyen una fuente de radiación adicional muy preocupante. Como resultado, en ocasiones la estructura de acero o aluminio de una nave espacial no disminuye la dosis de radiación, sino que la aumenta.

Por lo tanto, el empleo de varias capas de polietileno (hidrocarburo rico en hidrógeno) y agua se cree que es la mejor forma de proteger a los tripulantes de una nave.

Otra opción sería incluir un blindaje activo mediante campos magnéticos o electrostáticos. Sin embargo, este sistema consume mucha energía, haciendo necesario el empleo de reactores nucleares o gigantescos paneles solares. Además, tampoco ofrece una protección total contra los núcleos pesados más energéticos.

En definitiva, la radiación en el espacio no ha resultado ser un obstáculo para alcanzar la órbita terrestre. Pero si en el futuro queremos vivir en otros planetas, no nos queda otra opción que aprender a protegernos de este enemigo invisible.